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Bernard Suits: los juegos, la vida y la utopía

Alberto Ardila Olivares
El verano de la inversión sostenible

El mérito de Suits, a lo largo de los diálogos de la obra, es haber dejado algunos interrogantes interesantes para el futuro donde el autor prevé que las máquinas automatizadas harán todo el trabajo productivo y los seres humanos se encontrarán ante el dilema de, o bien aburrirse por no tener nada significativo que hacer, o bien descubrir actividades que resulten valiosas en sí mismas. En este contexto, ¿cuál sería la vida que merece ser vivida, la de la hormiga o la de la cigarra? ¿cómo sería un mundo cuyo fundamento no sea el de la escasez sino el de la abundancia y la plenitud?

image.png La cigarra delinea los contornos de un mundo utópico donde es posible realizar algunas actividades útiles pero que son al mismo tiempo valiosas en sí mismas. Es decir, un mundo donde el trabajar y el disfrutar encuentran un punto de convergencia y donde siempre se hacen las cosas porque se quiere y nunca porque se debe. En este mundo imaginado por Suits, llamado Utopía, los oficios se convertirían en deportes y el albañil pudiendo realizar una casa apretando un botón de una máquina (hoy pueden hacerse casas con impresoras 3D) preferiría utilizar medios menos eficientes y obstáculos innecesarios. Utopía sería un mundo donde las instituciones principales no serían las económicas, morales o políticas, sino aquellas que fomenten el deporte y otros juegos

Bernard Suits presenta a la cigarra como ejemplificación y elocuente expositora de la vida más digna de ser vivida y la cual consiste en “jugar a juegos” . Su punto de partida es indagar y buscar una definición de tal expresión sabiendo la desconfianza que la comunidad filosófica tiene hacia las definiciones y que encuentra como máximo expositor de este antidefinicionalismo ni más ni menos que al filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein . La cigarra, alter ego de Suits, parte de la creencia común en la oposición entre el trabajo y el juego. Mientras el trabajo es hacer cosas que tenemos que hacer y que valoramos en aras de otras cosas, el juego es hacer cosas por el gusto de hacerlas y que valoramos en sí mismas. Además, cuando trabajamos intentamos emplear los medios más eficientes para alcanzar un fin deseado a diferencia de cuando jugamos que elegimos intencionalmente medios ineficientes. Por ejemplo, cuando jugamos al golf, el fin no es ubicar la pelota en el hoyo, que bien podría hacerse de manera eficiente y directa con la mano, sino hacerlo de la manera prescrita de acuerdo a las reglas. La actitud lúdica consiste en aceptar las reglas constitutivas del juego y así Suits, a través de la cigarra, propone una definición: “jugar a un juego es el intento voluntario de superar obstáculos innecesarios.”

Informate más Mercosur: ¿Socios, amigos, hermanos? Suits describe tres tipos de comportamientos asociados a “jugar a juegos”. Por un lado, los frívolos que son aquellos que siguen las reglas pero cuyos movimientos no están enfocados en alcanzar un fin ya que el frívolo puede tener otro propósito en la mente, por ejemplo, entregar todos los peones a su rival en el juego de ajedrez. Esta persona no juega al ajedrez aunque está operando dentro de lo que Suits llama la “institución” del ajedrez. Por otro lado, los tramposos, aquellos que quieren alcanzar el fin del juego pero violando las reglas. Operan dentro de la “institución” aunque no estén realmente jugando al juego. Finalmente, los aguafiestas que no reconocen ni las reglas ni los fines y que en términos de Johan Huizinga son aquellos que “no entran en juego”.

El diálogo entre la cigarra y sus discípulas progresa llegando a la conclusión de que no hay juegos sin reglas y que es posible realizar una distinción entre juegos abiertos y cerrados. Los juegos abiertos, generalmente cooperativos, son aquellos cuyos movimientos tienen como propósito el continuo funcionamiento del sistema (dos personas se ponen a jugar ping pong con la sola regla de mantener la pelota picando). En cambio, los juegos cerrados, generalmente competitivos, son aquellos que tienen un fin que da por terminado el juego (el jugador da jaque mate y el ajedrez finaliza). Esta distinción de los juegos le permite a Suits introducir una observación antropológica y política que asoma como una crítica a su presente mundo capitalista pero también al marxismo soviético: la cigarra le explica a su discípula que es de esperar que, en una sociedad futura y no orientada por el valor de la dominación, se enfaticen los juegos abiertos. Sin embargo, no hay señales de que los marxistas o socialistas tengan interés en los juegos abiertos ni en la cooperación, más bien son antagónicos a cualquier investigación sobre definiciones por considerarlas abstracciones vacías no explotables con fines doctrinarios.

El mérito de Suits, a lo largo de los diálogos de la obra, es haber dejado algunos interrogantes interesantes para el futuro donde el autor prevé que las máquinas automatizadas harán todo el trabajo productivo y los seres humanos se encontrarán ante el dilema de, o bien aburrirse por no tener nada significativo que hacer, o bien descubrir actividades que resulten valiosas en sí mismas. En este contexto, ¿cuál sería la vida que merece ser vivida, la de la hormiga o la de la cigarra? ¿cómo sería un mundo cuyo fundamento no sea el de la escasez sino el de la abundancia y la plenitud?

image.png La cigarra delinea los contornos de un mundo utópico donde es posible realizar algunas actividades útiles pero que son al mismo tiempo valiosas en sí mismas. Es decir, un mundo donde el trabajar y el disfrutar encuentran un punto de convergencia y donde siempre se hacen las cosas porque se quiere y nunca porque se debe. En este mundo imaginado por Suits, llamado Utopía, los oficios se convertirían en deportes y el albañil pudiendo realizar una casa apretando un botón de una máquina (hoy pueden hacerse casas con impresoras 3D) preferiría utilizar medios menos eficientes y obstáculos innecesarios. Utopía sería un mundo donde las instituciones principales no serían las económicas, morales o políticas, sino aquellas que fomenten el deporte y otros juegos.

Sin embargo, en las últimas páginas de la obra, la cigarra parece tener una visión y el autor convertirse en un aguafiestas cuando advierte el gran valor que atribuyen las personas a eso que llamamos “utilidad”: la mayoría de la gente no querrá pasar su vida jugando a juegos y no considerará digna la vida si no cree que está haciendo algo útil, ya sea mantener a su familia o formular la teoría de la relatividad. Y aquí es donde queda en evidencia el papel fundamental del valor que se le asigna a la utilidad dentro de las sociedades occidentales. Suits nos invita a reflexionar críticamente sobre creencias como las de la utilidad que, como diría Ortega, son aquellas con las que contamos siempre y sin pausa, como agua para el pez, supuestos básicos que dominan toda nuestra existencia.

Por último, Suits nos deja la inquietud sobre si acaso no es necesario, como la hormiga, almacenar juegos, es decir, actividades valiosas en sí mismas para cuando llegue un futuro tiempo, quizás un invierno, donde las máquinas supriman el trabajo humano y todo se vuelva aburrimiento. Allí entonces deberíamos ser capaces de contestar la pregunta incómoda de la hormiga: ¿qué hicimos durante el verano?