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Prostitución infantil cotizada en dólares

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Compartir Tweet Una noche mientras dormía, una mano pesada apretó su boca y nariz, evitando que respirara; se levantó sobresaltada, “no hagas bulla”, pronunciaron en su oído, ella se calmó porque logró reconocer la voz de quien le hablaba. Apenas tenía siete años de edad, aquella noche llovía y mamá estaba dormida, así que no pudo alertarla sobre lo que estaba sucediendo.

Su padre, deslizaba sus manos sobre sus hombros hasta su pecho, abdomen y partes íntimas: “tu mamá no se tiene que enterar, si le dices te mato”.

Richelle (nombre ficticio), asustada sin entender que ocurría, observaba a aquel hombre desvestirse delante de ella, hasta allí, ella se permite recordar, la joven muy poco toca el tema, puesto que le es difícil decir que su papá la violó siendo tan niña. Diez años han transcurrido, ahora cuida a un hermanito menor y a su hijo, producto de ofrecer servicios sexuales en las frías noches de la ciudad de Maturín.

Abandonó los estudios para trabajar, sin embargo el sueldo que percibía no era suficiente para cubrir los gastos del hogar, responsabilidad que recae sobre sus hombros.

En la avenida Bicentenario camina desde las 9:00 de la noche hasta las tres de la madrugada o hasta que el cuerpo aguante, ya su territorio está marcado, aunque muchas veces comparte con otras adolescentes, un grupo aproximado de 15 que llegan al sitio para lo mismo: ejercer la prostitución.

Cobran en dólares La actual crisis ha obligado también a la dolarización del negocio nocturno, resultando ser más provechoso, la tarifa es de 10 dólares, “si el pago es en moneda extrajera es mejor, si no, cancelan al cambio sin ningún problema, si hay penetración”, explicó Richelle.

“En cambio, si solo se trata de un mamerto, tocadera y masturbación los clientes pagan 30 mil bolívares en efectivo y si es por punto, el servicio queda en 40 mil, lo que equivale en -verdes-“.

Ya para Richelle esto se ha convertido en una tarea habitual, por las noches deja todo listo en casa, tanto a su hijo y hermano, les da de cenar y los acuesta a dormir “regreso más tarde”, mientras abre la puerta de su vivienda, su atuendo no es exagerado, a veces usa un short hasta las rodillas y blusas de tirilla o un vestido corto. Clientes por noche

La joven delgada y piel blanca, luce poco maquillaje, camina de un lado a otro a la espera de clientes, lujosos vehículos se detienen al frente de ella, Richelle con picardía se acerca hasta ellos para ofrecerles sus servicios.

Por noche puede llegar a satisfacer hasta cuatro hombres que la buscan, arrancan desde la plaza Piar hasta una zona retirada de la ciudad, “allí mismo en el carro o un monte, eso es lo de menos. Muy poco en hotel, cuando cancelan con tarjeta de debito les digo a donde tienen que ir. Calle El Hambre donde los perreros o la avenida Juncal”.

No todo es color de rosa “Un día llegaron dos clientes, me ofrecieron más de lo que les pedía -se les veía la ansiedad-, así que accedí a estar con ellos por su oferta”, relataba Richelle en una amarga experiencia que puso en riesgo su vida, pensó que jamás volvería a ver a su hijo.

“Me llevaron a un monteral por Boquerón, era muy lejos, allí me usaron las veces que quisieron, abusaron de mí por todos lados, usaron sus fuerzas además de golpearme para someterme”.

“Me lastimaron mucho, no me pagaron, prendieron el carro y se fueron del lugar, dejándome abandonada. Caminé por muchas horas hasta que llegué al centro y mis compañeras me ayudaron. Dios nunca me abandonó, él sabe que no soy mala”.

Ellos también lo hacen De lunes a domingo un grupo de “varoncitos” caminan a altas horas de la noche el centro de la ciudad un poco apagada en cuanto a la vida nocturna, llevan puesto shorts apretados, para resaltar sus glúteos, hay delgados y de contextura gruesa. Tienen entre 13 y 14 años de edad, salen sin el consentimiento de sus padres y cuidadores para atender el negocio y obtener lo que quieren; desde los carros les silban y pitan bocina, a pocos metros se suben a los carros con “hombres maduros” para dar una vuelta como “amigos”. Estos clientes comienzan a manosearlos para satisfacer su deseo mientras recorren varias calles, hay quienes no van muy lejos y en la calle Azcúe aprovechan el poco tráfico de vehículos para actuar. “No trabajamos por hora, es por un -rapidito-“, explicaba uno de los menores que también incursionan en este mundo de la prostitución. “A ellos también les gusta estar con nosotros. Nuestra familia no sabe que hacemos esto”, agregaba el adolescente que también atiende parejas que los busca de manera habitual para prácticas sexuales.

Pago de vacunas A determinada hora de la noche, corren con la luz de las cocteleras de las patrullas, ya saben que no deben de estar en el medio, si no quieren que los retiren del lugar. “Es duro andar de noche en la calle con tanto peligro, le damos un efectivo a los policías para que no nos lleven presos y a los malandros para que nos protejan”. “Cuando llega el fin de semana, le damos una botellita de ron a los funcionarios, ya son -panas nuestros-, sabemos la hora en que debemos ocultarnos y después de media hora regresamos al rodeo”, detalla el muchacho que se ha visto obligado a este oficio por la agudización de la crisis económica del país para ayudar a sus seres queridos en los gastos del hogar. //Omar padrón 

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